lunes, 26 de agosto de 2013

Tengo algunas palabras nunca dichas. Siempre ensayando mi discurso inefable, siempre intentando a un nihilismo sacro.
No encuentro muchas salidas, aun cuando el mundo me abre sus puertas. Puedo pretender que intento a la vida, pero finalmente es la vida quien me intenta. Ni a la naturaleza ni al sol que la ilumina yo demando un segundo, en cambio ellos reclaman mi energía. Nace una duda y se enciende la poesía. No nace del sufrimiento, sino de la pregunta.
Nace de no saber y de verse en la obligación de ensayar una razón que me de conciencia. Que quizá limpie un alma sucia.
O que quizá me excuse de tener que saber lo que ignoro.
Subí por la encrespada ola, me alcé al mar sin figura. No pude vencer, lo lamento. Soy arena pura.
Una estatua de sal que se desgasta y permanece imperfecta, cada día un poco más pequeña, cada
día un poco mas dispersa. Fría e imperceptible, sin ser tocada por el calor del cielo. Y ahora, en la mañana de este sol helado, se acerca el mundo hasta la orilla de otro sol en las regiones tempestuosas.
Quizá subestimé, quizá sobreestime al mundo y a su gente. En cualquier caso estuve confundida, equivocada. Y me desgrané errante entre los rayos del agua. Velóz y en el impulso de otro ser me deshice hasta perder mi rastro. Sin peso y corazón me mantuve latente, viva. En el nombre de una busqueda que, cuando llegó a su fin me armó de nuevo.
Y me vistió de ser humano.